Todo ha ido siempre bien cuando de repente surge una situación desconocida que hace volar todos tus esquemas por los aires.
Sucede rápido. Sin esperarlo.
Es entonces cuando te das cuenta que algo ha ido mal.
Has fallado. O no. Pero es tu responsabilidad.
Nunca piensas que puede pasarte pero un día el universo se pone de acuerdo.
Puedes lamentarte. Colgar las botas.
O luchar por aquello que amas y mejorar. Aprender.
Y sacar lo mejor de ti.
Renovarte.
Es una cuestión de actitud.
¿Te has encontrado alguna vez en una situación similar?
Recientemente no he sabido leer correctamente las necesidades de un aula. A veces nos olvidamos que la razón primera y última de enseñar es siempre el alumno.
Sólo tenía que escuchar. Pero a veces no es suficiente con preguntar una vez.
Hay que actuar. Pensar. Observar y reflexionar. Pedir consejo. Dejarse ayudar. Y volver a preguntar.
Como profesor, nunca hay que perder el foco en las opiniones y recomendaciones de los alumnos. Ellos mejor que nadie van a poderte guiar.
En ocasiones te toca enseñar conceptos difíciles de entender. Por ejemplo la programación.
Es un tipo de aprendizaje que requiere de tiempo para asimilar ideas y conceptos. Y poderlo aplicar.
Muchas veces se pueden dar factores circunstanciales como los horarios, convivencia con otros temarios más prácticos que hacen que el interés de una determinada materia se pierda.
Pero siempre hay una salida. Y es el deber del maestro buscarla y hacer todo lo posible para reinventarse siempre que haga falta.
Es entonces cuando la formación puede hacerte verdaderamente feliz.


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